El reto de la altitud – 24 horas con el corazón a 120

El reto de la altitud – 24 horas con el corazón a 120

Es curioso. Hace casi un año publicaba el último post de este blog, cuya imagen reza: “No es tu aptitud, sino tu actitud, lo que determina tu altitud”.

Mi reto de este verano

El fin de semana pasado, casi un año después de publicar eso, y un año y 15 días después de mi último intento, logré llegar a lo más alto de la Península Ibérica, el Mulhacén, en mi querida Sierra Nevada.

A pesar de ser verano, no es una ruta fácil, ya que la altitud condiciona bastante el físico, y más a alguien como yo que llevaba ya unos 5-6 meses haciendo prácticamente vida sedentaria. Esta subida la he enfrentado con 75 kg de peso en mi cuerpo, casi 15 más de los que me corresponden. Y eso, mi corazón, que no está muy entrenado, lo ha notado, y mucho.

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El grupo en la cima. Fotografía de Guías del Sur

Me propuse subir antes de terminar el verano, y gracias al grupo de Descubre Guías del Sur encontré la forma de ir bien acompañada y con unos buenos guías. Yo hice la ruta por Capileira hace 12 años y la de Trevélez el año pasado, pero no me atrevía a subir sola. La alta montaña, sea verano o invierno, es alta montaña y hay que tenerle cierto respeto.

Salíamos el sábado a las 10 desde Capileira y la llegada estaba prevista en el mismo punto para el domingo a las 19:45. En principio me pareció mucho tiempo para estar por ahí arriba, porque subir desde el Alto del Chorrillo en realidad no es mucho tiempo. Pero menos mal que nos lo tomamos con calma. Jamás pensé que me hiciera tanta falta. Estoy acostumbrada a pegarme palizas e ir al límite, pero se ve que mi cuerpo ya no responde como cuando tenía unos cuantos años menos.

Como ya he tenido dos intentos de ir temprano conduciendo desde Córdoba el mismo día de la subida y no he sido capaz de pegarme el madrugón, el viernes por la tarde preparé la mochila con las cosas necesarias para comer y dormir un par de días y me fui a pasar la noche en algún hostal de La Alpujarra. Primera vez que voy a Lanjarón (que yo recuerde), y justo pillo una feria medieval. Genial, eso me permitió cenar a la 1 de la mañana, cosa que dudo que hubiera hecho un día cualquiera en un restaurante de un pueblo tan pequeñito. Eso de no llevarlo todo planificado tiene también su punto de aventura, y mola descubrir una vez tras otra que hace falta muy poco y casi nunca nos falta de nada realmente importante 😉

El Veleta visto desde el Mulhacén. Ahí arriba todo es tan pequeño...

El Veleta visto desde el Mulhacén. Ahí arriba todo es tan pequeño…

Con mi hora de salida llegué muy justa a Capileira, a la hora exacta que se suponía que salía el microbús del parque nacional que el grupo había reservado. La verdad que hasta no subirme al autobús no empecé a desestresarme. Conducir me estresa bastante, y desde Córdoba la tarde de antes conduje casi 3 horas, más los 45 min de Lanjarón a Capileira, todo curvas y contrarreloj. Prefiero mil veces ir de copiloto, jeje.

Pulsaciones a más no poder

Bajamos del autobús, nos echamos la mochila a la espalda, nos reunimos el grupo, nos dan las primeras indicaciones (pedazo de profesionales fueron nuestros guías Samuel y Ángel José). Comparado con el año pasado, que llevaba medio Mercadona a cuestas, este año la mochila me pesaba poco, mucho más llevadera, dónde va a parar. Además, era la primera vez que subía con la ayuda de bastones, y que me enseñaban a apretarme bien la mochila, detalles que agradecí un montón. Esta vez mi espalda ha vuelto sin más sufrimiento que el de la dureza y los desniveles del suelo a la hora de dormir. Un gustazo para alguien con los hombros tan pequeños como yo.

El día estaba tan bueno que se veía la costa de Granada, la de Almería, embalses de provincias cercanas y hasta África

El día estaba tan bueno que se veía la costa de Granada, la de Almería, embalses de provincias cercanas y hasta África

Creo que no llevábamos ni una hora andando cuando empecé a notar los efectos de la altura. Estaríamos a 2900 m de altitud cuando ya llevaba el corazón disparado y mi mente se sentía como excesivamente ligera, flotando, supongo que por la diferencia de densidad de oxígeno allí arriba, o algo así. Sentir estos efectos un ratito está bien, pero cuando tu corazón lleva ya dos horas a más de 120, quizá 130 pulsaciones por minuto, el pecho te duele, y sólo quieres que eso pare. Pero sólo estábamos alrededor de 3000 m. Y me propusieron hacer la subida fácil (más larga) o darme la vuelta paraa Siete Lagunas, pero no me había pegado semejante viaje para abandonar estando ahí.

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Empezando tan arriba, sabes que, aunque te cueste, sólo necesitas unos pocos pasos más, seguir subiendo un poco más, para llegar a la cima. No hay excusa que valga: dar media vuelta 400 m más abajo me parecía absurdo, con que, cuanto más alto estaba, aunque más me dolía el pecho, más ganas tenía de llegar. [/dt_quote]

Nunca pensé que me fuese a descolgar tan lejos del grupo ni que tuviera que subir tan despacio, y fue un mazazo para mi orgullo, pero así fue. La misma subida, que hice 12 años antes, llevaba un crío sobre los hombros, no comí apenas y subí bastante mejor. Pero claro, tenía yo 18 añitos, jeje. Menos mal que Ángel José no me dejaba sola, y hasta me daba conversación para hacer la subida un poquito más amena.

Da rabia cuando sabes que realmente no te sientes físicamente cansada aún pero no das para mucho más. Mis piernas querían más, mis brazos y mi espalda iban bien de fuerzas, pero el dolor del corazón desbocado en el pecho fue duro de llevar y me hacía ir muy despacio y hacer más paradas de las que me hubiera gustado. Estamos a jueves, volví de la ruta el domingo por la noche, y hasta ayer no pasó ese dolor.

Clara en el Mulhacén

Si además de guía y ángel resulta que llevaba fotógrafo 😀

Pero a pesar de eso, y de prometerme a mí misma que esa iba a ser la última vez que me metía en senderismo de alta montaña, que para qué necesito yo hacer eso… Ya estoy planeando volver, al Veleta, nada menos. Habrá que entrenar esta vez para sufrir un poco menos 😛

Una noche inolvidable

La verdad que de presupuesto y material anda la cosa escasa. En las indicaciones para la ruta recomendaban llevar tienda de campaña o un toldo para montar un tarp. Yo no tengo en casa nada de eso y para una vez no me lo iba a comprar (además de lo que pesa todo en la mochila, y pasaba de repetir eso de llevarme el Mercadona). Como la otra vez dormimos (miento, no dormí, conté más de 30 Perseidas en toda la noche) dentro del saco y un plástico, esta vez hice lo mismo: cogí el plástico que envolvía un colchón y me lo enrollé dentro de la mochila. Ah, el saco que llevé, por liberar peso, no era el mío de alta montaña. Gran error. Menos mal que los chicos de Descubre llevaban algo de material de sobra, que se me ocurrió comprarme los bastones y que Sara tenía un método infalible para construir un techo con poco material.

amaneciendo en Siete Lagunas

José fotografiando el campamento. No me dio tiempo a peinarme xD

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Confieso que primero agradecí tener un techo donde refugiarme cuando cayó el sol y empezó a pegar el viento frío. Y que luego lloré desesperada cuando llegó la hora de meterme en el tarp/plástico/saco de dormir.[/dt_quote]

Empezando por los pies, arrastrándome por el suelo, con toda la ropa que llevaba puesta, buscando el hueco entre el bastón y el cordel que hacía de viento para no desmontar la improvisada construcción, y con el corazón latiendo a 120 pulsaciones cada vez que me movía y hacía un esfuerzo. Pocas veces recuerdo haber deseado tanto que llegase el día.

No sé si alguna vez he dado más vueltas en la cama. Pueden haber sido una media de vuelta cada dos minutos. Y es que encima, con la hernia en la espalda, el suelo no es que lo ponga muy fácil para descansar, con un bulto bajo mi espalda justo en medio del terreno. Menos mal que habíamos cenado bien y calentito (otra vez gracias al equipo organizador), que yo con hambre por la noche no soy persona.

[dt_quote type=”pullquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]Entre el corazón desbocado que no frenaba, el agotamiento, el frío, la falta de costumbre a un silencio tan fuerte, el agua de la laguna que acababa de beber y empezaba a hacer de las suyas, sólo supe calmarme sacando un poco la cabeza de allí y reposando bajo el manto de estrellas que tenía sobre mí.[/dt_quote]

Siempre me han fascinado las estrellas, y estuve deseando ese momento toda la tarde. El momento en que ninguna luz alrededor te molesta para ver la maravilla que nos envuelve cada día y cada noche sin que seamos apenas conscientes. Por no haber no hubo ni luna. Y curiosamente, esa oscuridad de la noche, esa inmensidad de sentir el espacio tan cerca y tan potente, fue lo que me calmó un poco y me ayudó a descansar -que no dormir-. Una lástima que la cámara de mi móvil no tenga sensibilidad para haber captado semejante maravilla. Me la guardo para mí en la retina.

Aunque hay sido tan duro, en parte, seguirá siendo mi hotel favorito para pasar la noche: el hotel del millón de estrellas.

Todo pasa, todo enseña. Todo se supera.

Amaneciendo en Siete Lagunas. Fotografía de José Manuel.

Amaneciendo en Siete Lagunas. Fotografía de José Manuel.

Y como era de esperar, llegó la mañana. Y con ella, el sol. De nuevo un poco de calor. La charla con los compañeros de ruta. Una tila caliente en una taza con sabor a Yatecomo japonés que me sentó de maravilla. Unas vistas preciosas. Un intento de paseo y una siesta al sol como los lagartos que me dejó, ahora sí, lista para retomar el camino de vuelta. Un camino que esta vez se hizo más fácil, sabiendo que lo más duro había pasado, y que me esperan más retos así, abajo en el día a día o más adelante, de nuevo, en la montaña.

Imagen del grupo con Laguna Hondera al fondo, tomada por José Manuel, mi ángel-guía

Imagen del grupo con Laguna Hondera al fondo, tomada por José Manuel, mi ángel-guía

Esto sólo ha sido el comienzo para retomar mi vida de aventuras. Me espera el Veleta, vuelta a correr, y a estrenar unas cuantas emociones más. ¿Te apuntas? Lo admito: quizá sí, estoy como una cabra 😉

Las cabras fueron nuestros guardias privados. Fotografía de José Manuel

Las cabras fueron nuestros guardias privados. Fotografía de José Manuel