5 lecciones de vida en la montaña

Una de las cosas en las que he salido a mi padre es en la pasión por la montaña. Quizá no haya hecho tantas rutas como él, no me he llegado a conocer Sierra Nevada como él, pero cada vez que oigo sobre la oportunidad de subir un pico, me atrae con una fuerza que no sé explicar.

A veces es duro, lo sé, o no estoy en las mejores condiciones físicas, pero la montaña tiene un algo, un qué sé yo, que te llama y te atrapa. Quizá sea que la siento como un reto, que la llevo en la sangre… qué más da.

El senderismo de montaña no es algo que haya practicado con constancia a lo largo de mi vida, pero tengo recuerdos desde mis primeras aventuras siendo pequeña, y siempre era agradable. De hecho, aunque he pasado pocas noches al raso, son inolvidables: de las que mejor he dormido o esas que lo he pasado tan mal que aprendí horrores. Las rutas en montaña dejan huella.

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]Mucho antes de que el hombre pensara en conquistar las montañas, las montañas ya habían conquistado al hombre.[/dt_quote]

La montaña tira, y lo sabes 😉

Antes de contarte mis lecciones sobre el montañismo de dificultad media te dejo con la crónica de una de nuestras últimas rutas que no te dejará indiferente. Me encanta la perspectiva y el punto humorístico que le pone mi compi Ana Goméz Perea:

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La crónica de Ana:

Fotografía de Descubre Guías del Sur
Fotografía de Descubre Guías del Sur

“Descubre la Ascensión al Pico Torrecilla, con sus 1919 metros de altitud… la cumbre más mítica y alta de Andalucía Occidental.”

Así rezaba el programa de Descubre Guías del Sur, y ahí empecé yo a rezar a San Quejigo Bendito y al Pinsapo de la Cruz, cuando una vez que nos adentramos en zig zag en la Cañada del Cuerno, y al atravesar la Cañada de las Ánimas, le escuché a Samuel decir: “el pico aún no se ve”.

Y es que claro, como llevaba la misma sensación de “gusto-cague” que cuando subí al Mulhacén, no me percaté de las señales: cuerno, ánimas y Puerto de los Pilones, agárrate los… bastones (malpensados totustuus).

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Antes de empezar la ruta, Soledad, haciendo uso de esa sinceridad asquerosa que la caracteriza, me miró directamente a los ojos y me dijo: “¿Tu primer Torrecilla? Pues prepárate porque yo acabé mortem”.

Menos mal que José Manuel, siempre al quite, me dijo que aunque fuera a ritmo lento, si iba de forma constante, llegaría a la cumbre. Y como quiera que el pobre hombre lo hizo para animarme, yo le respondí con una sonrisa, aunque en mi interior ya iban galopando en desbandada las fuerzas oscuras que me recordaban que hace justo un año me dejé el ligamento en Sierra Cabrilla, que si fuerte sería la subida, peor sería para mi rodilla la bajada, pero… ¡qué bonito es el paisaje! exclamaba en voz alta de vez en cuando para poder pararme y tomar aliento.

Bien es verdad que el paisaje del Parque Natural de Sierra de las Nieves ayuda, y que hay momentos en que te olvidas de todo. Senderos en penumbra donde el musgo lo invade todo, pinsapos centenarios y quejigos fantasmagóricos que te hipnotizan y te hacen creer que fue justo ahí donde se rodó El Señor de los Anillos.

Fotografía del equipo de Descubre Guías del Sur
Fotografía del equipo de Descubre Guías del Sur

Valoras también la vida de los arrieros que sin ir equipados full equipe del Decatlón, y desde el nevero de Tolox, transportaban la nieve por la noche, con ayuda de los mulos, en capachos de 50 Kg.

Nosotros utilizamos el nevero para hacer una parada, y enfilar desde allí nuestros pasos hasta el pilar de Tolox, que se encuentra en la base del monte Torrecilla. Y allí, en la misma base, y mientras nos explicaban cómo ascender hasta la cumbre y mis ojos se quedaban fijos en el pico, a la par que mi garganta se secaba, Francisco Velasco sacó una fiambrera con una tortilla de patatas, zampándose la mitad con la ayuda de un plátano chuchurrío que le ayudó a digerirla mejor. ¡Vivan las barritas energéticas del Paco!

La subida fue dura, para que nos vamos a engañar, pero cuando llegas, se te olvida todo y eres capaz de ponerte a bailar una jota si se tercia.

Abrazos, felicitaciones y sentimiento de equipo; creo que esto último es lo que más me tiene enganchada. Eso, y el lujo de comerme la otra mitad de la tortilla de patatas de Paco en la cumbre, con la vista puesta en Sierra Cabrillas, mientras las nubes corrían por encima de nuestras cabezas.

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Desde hace unas semanas me he vuelto a tirar al monte. Me lo debía, desde el año pasado.

Ahora que lo tengo fresco, voy a aprovechar y compartir contigo algunas de las lecciones que la montaña me va enseñando, ruta tras ruta. ¡Allá va!

 

Lección 1: La felicidad es el camino.

O como diría mi amigo Dan Millman:

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]El viaje aporta la felicidad, no el destino[/dt_quote]

Lo más importante no es llegar arriba: es saborear cada paso. Disfrutar cada bocanada de aire. Sentir el sol, el viento o el agua en tu rostro.

¿Has hecho senderismo o practicado montañismo alguna vez? ¿Sí? Pues en serio, piénsalo: te pasas varios días preparando la ruta, emocionado quizás con lo que vas a llevar para comer, beber, ropa, la cámara de fotos o el smartphone bien cargado, el material que quieres llevar…

Llega el gran día, empiezas a dar los primeros pasos. Respiras aire puro y te das cuenta, otra vez, de lo maravilloso que es salir a la naturaleza. Unos cuantos pasos más arriba, cuando la cuesta empieza a pesar, sopesas la posibilidad de darte la vuelta. “¿Qué necesidad tenía yo de venir hasta aquí?”, te puedes estar preguntando. Y digo yo: ¿qué te aporta el estarte quejando? “Me duele aquí, me cuesta allá…”

Como decía mi padre: “a lo hecho, pecho.”

Si has decidido subir, lo has decidido, con todas las consecuencias (por supuesto, hablo de rutas de dificultad media, no cuenta la alta montaña, que ahí hay que tener conocimiento y ser más prudentes).

Por supuesto que yo, cuando llego a la cima me siento satisfecha, pero hacer cumbre es “sólo” algo representativo: llegar hasta ahí arriba significa que fui capaz de andar cientos de pasos, uno tras otro, y continuar adelante, sin rendirme.

Significa que fui capaz de meterme un buen un madrugón esa mañana. Que a pesar del cansancio, de los dolores de espalda o la dificultad para tomar aire al inicio no me detuvieron.

Significa que soy capaz de sufrir incomodidad sin que me importe, porque sé que lo que hago me importa aún más.

Y todo por las vistas. O por lo grande que me hace sentir estar ahí arriba. Por una ruta en compañía agradable. Por sentirme parte de la naturaleza. Por enfrentarme a mi soledad ante el silencio. No sé, porque la experiencia, simplemente, no es comparable a otras.

¿Te cuento mi secreto?

Lección 2: el sufrimiento no me impide superarme

Estando en ruta sufro, pero ya no me centro en ello. Así la incomodidad o el sufrimiento me condiciona muchísimo menos. Muchas veces es mayor la barrera mental que te creas que la propia incomodidad que puedas estar pasando.

Tengo que admitir que la subida al Mulhacén fue otra historia, que entre la altura y la burrada que hice de subir de golpe tras medio año de sedentarismo me puso muy difícil esta parte de desconectar del dolor, pero aún así aprendí grandes lecciones. Pero a lo que voy, que en este post estoy hablando de montañismo más asequible.

Cuando algo me duele en la ruta,

  • hablo de otras cosas con los compañeros,
  • o saco mi mente ligeramente por encima de mi cuerpo para disfrutar del paisaje.

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]Huye de pensar en tu incomodidad o sufrimiento[/dt_quote]

Fotografía de Descubre Guías del Sur
Fotografía de Descubre Guías del Sur

Me gusta sentirme anclada a la tierra. Fluyendo con ella. Sí, ir pegando saltos o tropezarme y ponerme a hacer equilibrios para no caer (hoy lo han bautizado como “bailar sevillanas”, jajaja).

Empiezo a sacar cosas buenas y las pongo en la balanza para desequilibrarla con diferencia, e intento que sean en lo que me fije la mayor parte del tiempo.

Que sí, que hay que escucharse uno mismo, aprender de lo que te dice el cuerpo. Pero opino que a veces también nos escuchamos demasiado y, como estamos poco acostumbrados a sufrir, toleramos menos dolor y en seguida nos preocupamos ante la más mínima.

También hay un dicho que dice que más vale prevenir que curar, ¿no?

Pues si ya sabes que se te sobrecargan ciertos músculos, ¿a qué tanta prisa? Ve a tu ritmo, y haz mini-paradas a lo largo del camino para estirarlos un poco. Por ejemplo, digo yo, vaya.

Yo padezco hernia de disco y alguna que otra cosa más, y lo que hago es ir estirando la espalda cada x tiempo antes de que me pegue fuerte. Así aguanto un buen trecho más, y termino en mejores condiciones. O me suele dar dolor de cabeza por el sol y el viento… Pues lo asumo como parte del trayecto, e intento minimizarlo manteniéndome hidratada, comiendo bien, abrigándome y buscando unas gafas de sol…

Para estas cosas hay que escucharse, no para irse quejando por el trayecto. Así es mucho más fácil DISFRUTAR DEL CAMINO.

 

Lección 3: No soy la única que sufre

A una compañera que arrastra alguna lesión le pueden estar doliendo las rodillas a cada paso. Y ahí sigue, al pie del cañón, avanzando. Con un par de ovarios, olé.

Otro trajo más peso de la cuenta. Pero sigue hacia arriba.

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]Cada cual vive su propia batalla interior durante la subida[/dt_quote]

Otros quizá desconocían la dificultad a la que se iban a enfrentar y venían menos preparados.

Aquí es donde personalmente tengo un trabajo por hacer: ir más pendiente de las necesidades de los demás. Esto tan sencillo, y que no siempre me sale solo (lo reconozco mi mente vive en su mundo de Yupi y no soy especialmente observadora), tiene dos grandes ventajas:

  1. Me saca de mi propio dolor, ayudándome a dejarlo en tercer plano
  2. El apoyo que haces sentir a la otra persona no tiene precio

Le ayudas a sacar lo mejor de sí, se demuestra a sí mismo que es capaz de superarse y hasta subir contando chistes y riendo. Definitivamente, en compañía el camino se hace más llevadero, y ver la satisfacción de los compañeros y sus celebraciones en la cima alegran a cualquiera. No recuerdo de quién era esta frase:

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”1″]”Si quieres llegar rápido, ve solo. Si vas acompañado, llegarás lejos.”[/dt_quote]

 

Lección 4: La bajada es a veces más difícil

Cuando ya estás de vuelta a menudo creemos que ya está todo hecho. Nos confiamos, y empezamos a coger velocidad. No sé si tira más de nosotros la inercia o las ganas de volver.

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”2″]Las cervezas de después motivan, y mucho[/dt_quote]

Cada montaña es distinta que las demás, y en algunos casos la bajada desgasta más que la subida. Hay que tener resistencia para aguantar la bajada sin resbalarte, es bastante común que se te sobrecarguen las rodillas, los cuádriceps, que alguien se tuerza un tobillo…

En esto me he dado cuenta de que, aunque el reto mental para los montañistas es llegar a la cima, la ruta es de doble sentido: ida y vuelta. El cuerpo tiene que pasar las dos fases, y es que todo no se termina en la cima.

Pero si estuviéramos pensando demasiado en la bajada quizá más de uno no llegaría ni a subir.

¿Has visto la película Gatacca? Seguro que te evoca algo esta secuencia:

[dt_quote type=”blockquote” layout=”left” font_size=”normal” animation=”none” size=”2″]Dalo todo en cada paso, te sorprenderás. Nunca te reserves nada para la vuelta.[/dt_quote]

 

Lección 5: La gente que merece la pena está ahí arriba

Con el tiempo he aprendido que no hay red social, aplicación móvil ni actividad de moda que te permita hacer buenos amigos que merezcan la pena como lo hace la montaña.

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Samuel, uno de los guías de Descubre (foto de Descubre Guías del Sur)

A los locos que nos da por subir montañas somos gente con inquietudes, con ganas de encontrarnos con nosotros mismos y con la naturaleza, de superarnos a nosotros mismos, aunque algunas se empeñen en decir que sólo era para hacerse un selfie 😉

Esta es una de las lecciones que he aprendido las últimas veces que he cambiado de ciudad. Puedes quedar para conocer gente nueva saliendo de copas, a un cine, a jugar al pádel… pero el ambiente que se respira en el monte, es otro. Y me mola.

¿Qué, te consideras un/a loco/a más? ¿Nos vemos en el monte? Déjame tu experiencia o tus inquietudes en los comentarios.

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Papá, mamá… soy nómada

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He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he mudado de casa. Me faltan dedos, incluso si cuento los de los pies.

También he cambiado muchas veces de ciudad, eso va en el lote. Y lo mejor de todo: sé que, seguramente, seguiré haciéndolo.

Si dicen, que digan…

Me acabo de mudar a Málaga. ¿Por qué? Porque sí. Porque me apetecía un cambio, porque lo necesitaba, porque me sentía estancada, porque ahora estoy a gusto aquí, porque el clima me sienta de lujo, porque estoy haciendo amigos, porque puedo… por qué no.

Hasta hace poco creía que esta necesidad de cambio casi constante era un signo de inestabilidad interior mío, que no terminaba de encontrar mi sitio, que cogí esa costumbre desde pequeña con las interminables mudanzas que viví en familia y no he sabido asentarme en un lugar…

Nunca ha faltado gente que me diga: “¿cuándo vas a estabilizarte y a tener los pies en la tierra? No se puede estar todos los días marchando.”  En cierta forma eso me hacía sentir mal. Cuando me dicen ese tipo de cosas siento que no va conmigo, que no es eso, aunque no sabía dar una respuesta contundente. Hasta hace unos días.

Recuerdo aquella vez, recién independizada -vivía en Granada por aquel entonces, año 2008-, cuando les dije a mis padres que me iba a vivir, a estudiar y trabajar a Madrid. Me hicieron sentir como si se me hubiera ido la olla: “¿Madrid? ¿Y dónde irás cuando te canses de Madrid, a Estados Unidos, a Canadá…? Tú tienes mucha sed de mundo…”. Pues mira, por una vez tengo que darle la razón a mi padre. Sólo que ahora saber eso no me hace sentir mal, sino orgullosa.

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Darme cuenta de que soy nómada es como salir del armario otra vez

Darme cuenta de que soy nómada es como salir del armario otra vez: me da tanta libertad ser yo misma aceptando cómo soy y sabiendo que eso no me hace mejor o peor que nadie. Que es una forma de ser que no tengo que cambiar. Simplemente tengo unas necesidades y estilo de vida distinto al de la mayoría.

Darte cuenta de que eres nómada es como salir del armario: hay chicas que saben que son lesbianas desde muy jóvenes, y otros nos dimos cuenta a los 24. Pues sí: he sido nómada toda mi vida y lo he sabido a los 31. Dicen que más vale tarde que nunca, si la dicha es buena 🙂

Los síntomas del nomadismo

Observando mi estado de ánimo cuando permanezco por una larga temporada en un lugar, me ha dado cuenta de que entro en una espiral de aburrimiento, desganas y depresión que se convierten en un pozo que me arrastra a mí con todos mis proyectos.

Me considero una persona que nunca deja de cambiar, y para mí el cambio no siempre es señal de inestabilidad: más bien es evolución.

Todo lo que sea nuevo, me hace sentir viva, prestar más atención a la vida, descubrir la belleza de cada detalle,cada lugar y cada momento único, incluso aquello que otros están acostumbrados a ver o les parece desagradable.

Sólo tenemos una vida, y andan diciendo por ahí que tenemos que elegir una cosa a la que dedicarnos, un lugar donde vivir… ¿sólo uno? ¿Por qué, dónde está escrito eso? Yo quiero conocer mundo, quiero hacer una amplia variedad de cosas a lo largo de mi vida, no limitarme a una sola… ¿Por qué tendría que conformarme?

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Siento que viajar me despierta, me hace estar alerta, me activa, acelera mi mente… Descubrir tantas cosas, lugares y personas nuevas, multiplica mi potencial mental.[/dt_quote]

Por fin lo tengo claro: si necesito tener un lugar de referencia, ése será mi campamento base, pero no me pidáis que a nivel interior me sienta atada a un solo lugar. Podré tener una casa en Málaga, como la tuve en Córdoba, Madrid, Granada… pero volaré. Viajaré. Seguiré descubriendo sitios nuevos. El mundo es muy grande como para quedarse encerrada sólo en un rinconcito.

Envidio (de momento, que ya prontito los estaré imitando) a esos chavales, tan cercanos como un compañero de coworking, que viven viajando y traviajando por el mundo, que hoy están en Córdoba, mañana en Miami, Nueva York o San Francisco, pasado mañana asisten a un evento en Valencia y al otro día de nuevo los tienes al lado disfrutando de un buen desayunaCo (*dícese de los pedazo de desayunos que se montan en coSfera). Luego se van de vacaciones a Cuba o Thailandia, y no notas que sientan esa inestabilidad o desarraigo del que hablan otras personas.

Y yo aquí partiéndome la cabeza con la puñetera inestabilidad, cuando resulta que las veces que me echo mi mochila al hombro para viajar e improvisar, trabajando en un banco en un parque o frente a la playa me siento de puta madre. Yo también soy nómada mochilera. No necesito más.

¿Eres nómada? No estás sola/o.

Mi teoría sobre el nomadismo

Llevo un tiempo tomando perspectiva de la historia de la humanidad y siendo consciente de esta nueva moda de traviajar y los nómadas digitales, y cada vez estoy más segura de que estamos ante un momento de evolución evidente.

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Fotografía original de nomadadigital.com

Nuestros antecesores primitivos eran nómadas por necesidad de encontrar alimento y refugio. Según empezaron a crear inventos fueron estableciéndose hasta ser una sociedad sedentaria, rodeada de cada vez más comodidades, que es en la sociedad en que hemos nacido todos nosotros.

Ahora, como humanidad, estamos rompiendo las barreras que creamos fruto del sedentarismo: gracias a la tecnología que avanza a un ritmo vertiginoso, a internet, a nuevas posibilidades de generar ingresos con trabajos que no existían antes y que te limitan a hacerlos en un lugar; gracias a los medios de comunicación y la velocidad de los medios de transporte actuales, muchos límites están cayendo.

Estamos siendo testigos del calentamiento global, de las consecuencias negativas de las acciones irresponsables de la humanidad con la naturaleza y tomando consciencia de que este es nuestro hogar y debemos cuidarlo. Poco a poco pasamos del contraste de ciudades superpobladas a la vida rural, otra vez, pero ahora con muchos más conocimientos sobre el medio que nos rodea y con nuevas herramientas que nos permiten seguir llevando una vida cómoda.

Cre, por lo que observo, que la humanidad (o al menos una parte) está volviendo poco a poco al nomadismo. Quién sabe: lo mismo dentro de 100 años la humanidad se dividirá en dos clases: nómadas y sedentarios. Los que prefieren una estabilidad y seguridad vinculados a un lugar físico, y los que nos sentimos más aventureros y fluimos con la naturaleza viviendo constantemente experiencias nuevas.

Esta perspectiva que explica muchísimas cosas sobre distintas formas de pensar de la gente.

No es lo mismo viajar que ser nómada.

Viajeros siempre ha habido y seguirá habiendo, más aún con las facilidades que hoy nos dan los medios de comunicación y de transporte, cada vez más al alcance de cualquier bolsillo. La velocidad con la que se puede organizar un viaje y llegar de una punta del mundo a otra es acojonante.

Hace sólo 200 años era impensable cambiarse de país o continente, salir a explorar otro lugar por gusto, por vacaciones o por cambiar de modo de vida. Hoy se tarda sólo unas horas en conectar continentes y culturas tan diferentes…

Hay algo que hace inconfundible a nómadas y viajeros:

  • el viajero sale a forma de escape, para desconectar de su rutina, quizá para explorar mundos nuevos para saciar un poco de curiosidad (o por simple postureo, jajaja, de todo hay)
  • el nómada necesita estar en movimiento y formar parte del lugar donde va. No está “deseando volver”, porque allá donde va, está su hogar.

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Mi hogar está allí donde estoy yo[/dt_quote]

Muchas series y películas de ciencia ficción futuristas reflejan sociedades nómadas, con asentamientos temporales. Yo que soy fan de Revolution, Divergente o Insurgente, por ejemplo, lo veo bastante claro: son nómadas esos personajes que, aunque tienen unas raíces vinculadas a un lugar, viven adaptándose al día a día. Se conocen a sí mismos, conocen las leyes de la física y de la naturaleza y evolucionan con ella.

Son nómadas aquellas personas que, si un día tienen que abandonar un lugar, están acostumbrados a decir adiós sin tanto dolor. Saben dejar ir a las cosas y a las personas. Saben que no se puede planear todo, son flexibles. Saben que, cuando dejan atrás un lugar, después la vida les seguirá sorprendiendo, y que la mejor forma de controlar la vida es dejarte fluir con ella.

Pero las personas que tengo como referencia no son personajes de ciencia ficción. Hay nómadas de carne y hueso, muchos. Quizá te suenen, por ejemplo, Ángel Alegre o mi colega Antonio Gé. Y puedes tirar del hilo, que hay muchísimos más, como Diana Garces de  Traviajar.es, Víctor de Surfeatuvida.com, Hana Kanjaa, los chicos de DNomad.Club, Nelson Mochilero y tantos más… Seguro que conoces a alguno o eres uno de ellos, espero leerte en los comentarios 😀

¿De dónde eres?

La pregunta del millón. Para mí esta pregunta, a estas alturas de la evolución humana, está un poco fuera de lugar. Cuando me preguntan de dónde soy, termino respondiendo con el estribillo de la canción:

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera ;)[/dt_quote]

Si cuando me preguntas eso quieres preguntar que dónde nací te diré que en Granada. Pero ni tengo recuerdos, apenas estuve allí dos años.

Si te refieres a dónde me crié, viene a ser Pozoblanco.

Pero resulta que luego me fui a estudiar a Granada, Salamanca, Madrid, y he estado temporadas también en Asturias, Valencia, Córdoba, ahora Málaga, y aunque no he vivido en el extranjero, tengo amigos y compañeros de todas partes del mundo (Venezuela, México, USA, Centroamérica, Australia, Turquía, Rusia, Canadá…), tanto que ya a veces no sé qué idioma hablo, o suelto la expresión que mejor expresa lo que siento en el momento. Ni modo.

No me gusta limitarme a un solo lugar. Me siento cuidadana del mundo, y en cada lugar por donde paso hay un cachito de mi corazón.

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]¿Eres nómada también? ¿Cómo te sientes, y qué respondes cuando te hacen esta pregunta?[/dt_quote]

Otra pregunta del millón: “A qué te dedicas?”

Que te cuente su experiencia Aniko Villalba, directamente. Me pasa algo parecido, jajaja:

 

Lo que me enseñan las mudanzas

¿Quién inventó las cosas? Osú… Cada mudanza es una odisea, aunque voy aprendiendo y cada vez me mudo más rápido. Es genial cambiar de casa a menudo, así no acumulas cosas inútiles o que llevas años sin usar. Aunque otras veces, sobre todo cuando empiezas con una pareja, lo que haces es acumular 🙁

Por otro lado practicas el desapego, quizá más de lo que quisieras. Está bien reciclar libros, tirar tus viejas libretas o donar ropa usada, pero cuando tienes que deshacerte de tu bici, de tu guitarra, de colchones y muebles que no vas a usar o no puedes trasladar, es un dolor de cabeza, jeje.

Luego comprendes que las cosas materiales sólo son herramientas, y que puedes prescindir de la inmensa mayoría de ellas. Bicicletas y guitarras hay en casi todas partes, ya volverás a encontrar una. Cuanto menos peso en la mochila, mejor. Total, no te vas a llevar nada el día que te mueras. Eres tú, no las cosas que tienes. Qué sensación de libertad tan real y palpable…

superación personal

Tengo un lema: “lucha por tus sueños con todas tus fuerzas, y el universo entero conspirará a tu favor.”

Que viene a ser lo mismo que decirte que, si de verdad quieres algo, no te preocupes ni gastes energías en buscar cómo lo harás. Ponte en marcha, y verás cómo las cosas van surgiendo por el camino. Atrévete a probarlo, y te aseguro que fliparás.

En mi última mudanza, que además ha sido express, tomé la decisión e hice el traslado en un tiempo récord: menos de una semana. Con la certeza del cambio que quería dar y sin saber dónde meter mis cosas, cómo hacer el traslado, ni si iba a tener que pagar más meses de alquiler a pesar de haberme ido, por avisar con tan poco tiempo de antelación (cosa que me parecía lógica, era mi responsabilidad).

Pues esto pasó: al día siguiente de avisar a mi casero de que me mudaba, apareció una chica interesada en el piso para entrar en 6 días. Yo estaba de visita en Málaga, así que terminé unos trabajos que tenía pendientes, y me fui para desalojar el piso en 2 días. Antes de salir del piso logré vender la pieza más grande que me preocupaba. Unos amigos me ofrecieron prestada una furgoneta y un espacio para dejar las cosas mientras se van vendiendo o las voy trasladando.

Y gracias a la hospitalidad de amigas como Sofi tengo la tranquilidad de tener un techo y estar en buena compañía, mientras vuelvo a trabajar duro para generar los ingresos que me permitirán continuar con mi transición al estilo de vida que quiero.

La estabilidad de lo temporal

[dt_quote type=”blockquote” font_size=”normal” animation=”none” background=”plain”]Estoy en una situación temporal, alojándome en un lugar de paso, viviendo con lo básico, y me siento libre y estable.[/dt_quote]

En situaciones así, donde otros se echan las manos a la cabeza y ven un problema, es cuando yo me centro en mis objetivos y trabajo duro por ellos.

En momentos como éste, es cuando consigo las cosas que me propongo. Porque es cuando sólo estoy conmigo misma y no pueden existir las excusas de un entorno que me condicione.

Por esto y por mucho más, me gusta ser nómada.

El precio de la libertad

Como todo, la vida nómada no sólo tiene pros, sino también algunos contras. Aún así, sé que merece la pena.

Una desventaja que le veo es lo difícil que se hace encontrar una pareja que comparta o al menos respete y apoye este estilo de vida.

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Foto de Carlos y Ana Gómez, en nuestra ruta hacia el pico Torrecilla

No siempre coincide que la persona a la que quieres quiera compartir viajes y aventuras contigo, o que prefiera quedarse y continúe sus proyectos mientras estás fuera y confíe plenamente en ti. Que estén tan seguras una de la otra.

Entiendo que no todo el mundo vale para eso. Al menos yo no he tenido suerte con eso hasta ahora, y me ha servido para aprender. Eso sí: cuando pasa, cuando dos personas así coinciden, tiene que ser la bomba. Me imagino el nivel de complicidad, y yo quiero algo así 🙂

Sé que no es imposible: he visto algunas parejas que viajan juntos, que incluso dan la vuelta al mundo. He conocido familias que viajan con sus niños. Comparten una visión similar de la vida y se saben adaptar en equipo a ella.

Si ya es poco habitual que una persona aprenda a fluir con la vida, imagínate un equipo de dos o más. Saber que es posible, me da esperanza.

Otra de las cosas que duele es tener a ciertos amigos lejos, no poder quedar o bajar a cenar con ellos cada vez que te gustaría compartir algo, echar un rato… aunque por otro lado, tienes la libertad de hacerles una visita sorpresa de vez en cuando, en este mundo ya está todo al lado 😉

El precio de ser nómada, a veces, es estar más sola de lo que quisieras. Pero sólo a veces.

Nómada, mochilera… llámalo como quieras

Te dejo con este vídeo de Nelson Mochilero, que expresa las inquietudes de un mochilero o nómada, tal y como me siento yo:

 

¿Y tú, eres nómada? Cuéntame en los comentarios: ¿cómo te sientes?